ZingTruyen.Xyz

𝙃𝙚𝙧𝙢𝙤𝙨𝙖𝙨 𝙢𝙚𝙣𝙩𝙞𝙧𝙖𝙨 ; 𝙁𝙧𝙚𝙚𝙣𝘽𝙚𝙘𝙠𝙮 [G!P]

𝙐𝙉𝙊

jindoltheworld

POV Becky

Me dijeron que podía obtener más de nueve millones de bats, y quizás más, dado que todavía soy virgen. El dinero significará la diferencia entre la vida y la muerte de mi hermana melliza y mejor amiga en todo el mundo.

Significará poder pagar la tarifa para meterla en el programa de tratamiento experimental de cáncer de ovario en etapa avanzada. Ambas tenemos veintiún y apenas hemos vivido.

Cuando contrajo cáncer a los diecinueve años y le extirparon el útero, le prometí que algún día llevaría sus bebés, una promesa que pretendía mantener. Y ahora está a punto de morir en cuestión de meses si yo no intervengo, es por eso que estoy en este camerino poco iluminado aplicando mi tercera capa de rímel y llevando solo unas bragas.

Descubrí este lugar totalmente por casualidad.

Hace unas semanas no hubiese creído que existían lugares como este. Había estado buscando en línea ideas para hacer dinero, algo, cualquier cosa que pudiera ayudarme a recaudar los diez millones que necesitábamos. Mis padres llegaban a fin de mes, pero con lo justo. Así que sabía que dependía de mí. Mi búsqueda de trabajo resultó ser una broma. Mis habilidades podían asegurarme un salario mínimo sirviendo mesas. Es ahí cuando mi búsqueda en internet se volvió más interesante y mi actitud más atrevida.

Concerté una entrevista en un club nocturno.

Como si la entrevista no fuese lo suficientemente vergonzosa, al pedirme que me desnude frente al dueño de bar y que pruebe mis inexistentes habilidades para el baile, cuando me preguntó cuánto dinero esperaba hacer bailando y dije: diez millones de bats en los próximos meses, se rió en mi cara y me dijo que me vistiera. Era obvio para ambos, basados en mis habilidades para el baile, que nunca ganaría esa cantidad de dinero. Mucho menos en Bangkok, una enorme ciudad donde la competencia es alta.

Cuando vió mis ojos llenos de lágrimas y me preguntó por qué necesitaba el dinero, le conté, a un completo desconocido, toda la triste historia.

Una vez que me vestí, me llevó a su oficina y me hizo prometer que lo que estaba por decir se quedaría entre nosotros. La forma sospechosa en que sus ojos vagaban por la habitación me dijo que sea lo que fuese, probablemente no era legal. No me importó. Nunca hice más que pasarme la luz roja, pero me encontraba dispuesta a todo, a hacer cualquier cosa para salvar a Irin. Le prometí discreción total. Me preguntó cuan dispuesta estaba a salvar a mi hermana y me advirtió que no me gustaría lo que estaba a punto de decirme. Fue así como me enteré de la subasta de esta noche.

Billy, el dueño del club, me metió en la subasta de esta noche, arregló todo para quedarse con un diez por ciento de mis ganancias. Vi a un médico, quien me hizo una prueba de embarazo y de enfermedades de transmisión sexual, y comprobó mi virginidad. Billy también me había hecho una cita en un salón de belleza local, para una depilación de todo el cuerpo y un cambio de imagen; un corte de cabello hasta casi encima de los hombros, un tinte que no supe distinguir si era rojo o anaranjado, pero no me importaba, además de manicura y pedicura. Lo cual también saldría de mis ganancias. Si no me vendía, sería responsable de pagarle. Pero Billy, prácticamente garantizó que me vendería. 

Dijo que las vírgenes eran muy raras y que alguien tan natural y bella conseguiría un precio alto. Solo espero mantener mis nervios bajo control, para así poder seguir con esto. Siento ganas de vomitar y ni siquiera he comido en todo el día.

Me vuelvo ante el sonido de un ligero golpe en mi puerta, y Billy asoma la cabeza. Mis brazos vuelan sobre mi pecho mientras trato de cubrir mis senos. Mi modestia no tiene sentido y una risita histérica burbujea en mi garganta. Muy pronto estaré en una habitación llena de personas, esperando entregarle mi cuerpo a una de estas, pero me concentro en mantener mi inocencia mientras pueda.

Billy levanta una ceja hacia mí.

— ¿Estás lista?

Me miro en el espejo por última vez y respiro para tranquilizarme. Bajo la mirada a mis tonificadas piernas, gracias a las horas que pasé trotando (mi única forma de aliviar el estrés), a mi estómago que es un poco más blando de lo que me gustaría, a mis pechos que no son magníficos y no sacuden cuando me muevo. Los ojos que me regresan la mirada son más duros que antes.

Bien. Necesitaré esta fuerza exterior para sobrevivir los próximos seis meses.

No había sabido que este lado del mundo existía y ahora estaba metida en él. Estoy haciendo esto por Irin, me recuerdo. Reuniendo cada gramo de fuerza que puedo, descruzo los brazos de mis senos y asiento hacia Billy.

— Estoy lista.

Sus ojos me dan un vistazo rápido una vez más.

Me siento agradecida de que no me mire lascivamente.

— Luces bien. Muy natural. Eso debería funcionar a tu favor. — Comenta, sacándome de la seguridad del camerino.

Veo lo que quiere decir mientras avanzamos por el pasillo. Hay algunas otras mujeres que oscilan de entre los tempranos veinte hasta los treinta y tantos y cada una parecía haber adoptado la apariencia de una desnudista, gran cabello y capas de maquillaje espeso, labios teñidos de rojo, medias de red y zapatos de tacones muy altos. Todas están usando hilo dental. Me dijeron que la única prenda de vestir permitida eran las braguitas, así que escogí la más cómoda que tenía, una braguita azul claro con encajes a lo largo del dobladillo. Es linda, femenina y cómoda. Nunca se me ocurrió tratar de hacerme ver sexy. El arrepentimiento revuelve mi estómago. ¿Qué pasa si nadie me quiere? Haría esto para nada, además le debo a Billy el caro cambio de imagen que me proporcionó. El piso de concreto contra mis pies descalzos envía un escalofrió a todo mi cuerpo, endureciendo mis pezones. Mis brazos, una vez más, se cruzan sobre mi pecho mientras aprieto mis senos.

Puede que esté más cubierta que las otras mujeres, pero de alguna manera me siento más expuesta. Completamente vulnerable para que todo el mundo me vea. Estoy vestida como yo, no como alguna versión sexy de mí que puede hacer el papel que esperan las personas al otro lado de la puerta. De repente, no quiero que vean mi verdadero yo. Quisiera estar cubierta de maquillaje, tal vez con una larga peluca hermosa, con cubre pezones. Podría ser quien quiera que deseen que sea. En cambio soy solo yo, Rebecca, y eso parece ser más peligroso para mí. No puedo dejar que mi nuevo dueño se meta en mi cabeza. Puede comprar los derechos sobre mi cuerpo, pero sin duda, nunca tendrá a la verdadera yo. Necesito recordar eso.

Cuando nos detenemos frente a una puerta de acero, el pánico fluye por mis venas y mi garganta se contrae, mis arcadas amenazan con disparar bilis por mi boca. Tomo una respiración profunda por mi nariz y abro la boca para decirle a Billy que he cambiado de opinión, cuando su mano de pronto se extiende y gira el pomo de la puerta.

La puerta se abre, revelando una habitación grande y poco iluminada. La única luz viene de un foco que cuelga directamente sobre la tarima, tipo escenario, en el centro de la habitación. Las personas se encuentran sentadas en los sillones frente al pequeño escenario circular, sus rostros completamente ocultos en las sombras. Soy incapaz de distinguir algún rasgo, lo cual sé que es el propósito. La naturaleza de las actividades de esta noche indica que quieren anonimato. Y la cantidad de dinero que sería gastado compraba ese derecho.

Billy me da un suave empujón y murmura algo de ánimo, pero la sangre golpeando en mis oídos distorsiona el mensaje. Mis pies se mueven por la habitación, mis brazos siguen cruzados en un apretón de muerte sobre mis pechos. El ligero olor a humo de cigarro asalta mis sentidos mientras me muevo hacia la tarima. Mantengo mis ojos fijos en el suelo, dejando que la franja de luz de la única bombilla que cuelga en el techo me lleve hacia adelante.

Mis rodillas tiemblan mientras doy los últimos pasos.

Finalmente doy un paso a la plataforma elevada y enfrento el pequeño grupo de gente, que además, en su mayoría son hombres. Mantengo la mirada baja. En este momento sé que nunca hubiera sido lo suficientemente valiente como para desnudarme para toda la audiencia. Apenas puedo pararme aquí sin que mis rodillas choquen, y simplemente recordar introducir aire a mis pulmones y soltarlo de nuevo parece estar más allá de mis capacidades. Pero una subida oleada de determinación me recorre. Me encuentro aquí para salvar a Irin.

Un hombre de pie en las sombras al lado del baño se aclara la garganta.

— Les ofrezco a la novena y última chica de la noche. Y créanme cuando les digo, publico, que dejamos lo mejor para el final. Es tan pura e inmaculada cómo ninguna. Viene a nosotros virgen, dispuesta y completamente de acuerdo con las condiciones de seis meses. Ahora, ¿a quién le gustaría iniciar las ofertas?

Está tranquilo por un momento y espero a que suceda algo.

— Quita tus manos de tus tetas, ángel. — Dice un hombre en la multitud.

Levanto la mirada hacia el sonido de la voz, pero mis manos se quedan dónde están. Una vena desafiante que no sabía que tenía asoma la cabeza. Nadie me posee todavía. Ni una sola oferta había sido hecha. Sigo controlando mi destino.

Cambio mi peso, sintiendo una sensación de hormigueo que significa que mi pie está adormeciéndose y abrazo fuertemente mi pecho como si me aferrara a la vida. Mi corazón se acelera y pequeñas gotas de sudor se forma debajo de mis brazos a pesar de la baja temperatura de la habitación. Puedo hacer esto. Tengo que hacer esto.

— Doscientos.

La voz del hombre que me ordenó que me descubriera hace la primera oferta. ¿200 baths? Eso es muy poco. Nunca se me ocurrió que tenía que tener un mínimo establecido antes de que esto comenzara. No iba a dormir con un viejo extraño por doscientos baths. Pero luego recordé a Billy diciendo algo acerca de seis cifras y en dolares como mínimo, así que eso me relajó un poco.

— Dos cincuenta. — Dice otra voz. Suena joven y tiene un ligero acento extranjero.

— Trescientos. — Gruñe una tercera voz.

Pronto, el precio sube a quinientos setenta y me siento mareada escuchando todo el intercambio.

Debo salir de este escenario antes de que me desmaye o vomite, o haga algo igualmente aterrador, como ir a casa con uno de estos enfermos.

Sé fuerte, Rebecca.

— Seiscientos mil. — Contrarresta el admirador de mis tetas. No me quiero ir con un hombre a quien ya he desafiado al negarme a mostrar mis pechos.

Conociendo mi suerte, su prioridad será castigarme por ese acto de desobediencia.

— Estás codicioso esta noche. Ya tienes una y quieres otra más. — Se burla el presentador.

El hombre quien sube mi precio, aparentemente ya compró una chica y ahora me quiere, también.

Llámenme anticuada, pero asumí que sería la única esclava en este tipo de acuerdo. Pensé que estaba contratada para la típica experiencia de un hombre con -unas- mujeres. Esto no era como imaginé que perdería mi virginidad, ciertamente nunca imaginé ser parte de una orgía, o lo que sea que hubiera planeado. Me alteraba pensar que podía comprarnos como ganado y forzarnos a hacer cosas la una con la otra y con él. Todo este proceso va de mal en peor.

Levanto la mirada hacia el centro de la sala, a la única persona que ha permanecido completamente en silencio hasta ahora. Cruza su tobillo sobre la rodilla y se recuesta en su silla, ocultando totalmente su rostro en las sombras, parece femenina. Su comportamiento distante e informal golpea algo en mí. Tengo un cuarto lleno de hombres pujando por mi virginidad, pero de alguna manera no me gusta la idea de que esta mujer no esté interesada. ¿Hay algo malo en mí?

Es vergonzoso y estúpido, pero algo acerca de estar principalmente desnuda en una habitación llena de extraños pone pensamientos extraños en tu cabeza.

Nadie contrarresta al hombre de mi izquierda, quien me llamó ángel y quiso ver mis pechos, mi estómago se retuerce. Ofreció seiscientos mil dólares, más que suficiente para pagar el tratamiento médico de mi hermana, darle a Billy el diez por cierto y pagarle el dinero que gastó en mí en salón. Debería sentirme aliviada y feliz. Esto es lo que quería, ¿cierto? Pero la idea de irme con él y la otra chica que compró esta noche desencadena una amarga sensación dentro de mi pecho.

— Sí no hay ninguna otra oferta... — Comienza el locutor.

Mi tráquea amenaza con cerrarse. No puede terminar así...

— Setecientos mil. — Dice la mujer en frente de mí. Su voz es intensa y calmada. De algún modo, profunda e hipnótica. Me inclino hacia adelante en puntillas, tratando de verle la cara. El pie que cruza sobre su tobillo, rebota mientras se mueve nerviosamente, la única señal que ahora se encuentra involucrada en esta guerra de ofertas.

Mi corazón salta en mi pecho, duplicando su ritmo, mientras espero ver qué pasará.

Sin ser capaz de percibir otra cosa en la habitación, me concentro en su zapato. No es tan grande, de cuero negro resplandeciente, un zapato de vestir femenino y elegante de aspecto caro. Por los precios que estos extraños ofrecen, supongo que tienen que ser sumamente ricos para comprar a otro ser humano. Su pie se mueve nerviosamente otra vez y mi mirada se dispara a donde imagino que se encuentra su rostro.

El otro hombre gruñe algo en voz baja, capto la palabra sobrevalorada. Luego vocifera otra oferta.

— Setecientos veinticinco.

Mierda. No quiero ser parte del trío fetiche de este tipo raro y no tengo idea si ir con la Señora Zapatos de Vestir Resplandecientes sería mejor, miro directamente hacia adelante, rogándole en silencio que suba la oferta. Una dósis de una cruda fuerza de voluntad me mantiene de pie.

— Un millón de dólares. — Dice después de lo que se siente como una eternidad.

Mi cabeza da vueltas y me siento débil. ¿Un millón de dólares? ¿Por mí? No hay forma que valga eso como esclava sexual. Una vez que se dé cuenta cuan inexperta soy, no solamente en el sexo, sino en todo, se arrepentirá de la compra, y quizá trate de devolverme. Todavía quieta, contengo el aliento, rezando para que nadie supere su oferta. Algo dentro de mí, intuición femenina, un presentimiento, me dice que de todos estos hombres de esta noche, se supone que debo ir a casa con ella, la única mujer, pero la idea de realmente entregarme a uno de estos hombres por seis meses es aterradora.

No me queda de otra más que ir con la pulcra y elegante mujer del zapato de cuero negro... Ella emite una buena vibra. Quizá por lo menos estaría bien cuidada. El pánico amenaza con abrumarme. Respira, Becky.

— Es tuya. Ningún coño vale tanto. — Vocifera el otro hombre, moviéndose en su asiento.

Mis pulmones se llenan de oxigeno mientras inhalo una respiración muy necesaria, llenando mi caja torácica.

— Nuestro último objeto de la subasta ha sido vendido. Gente, gracias por su participación de esta noche. Si fueran tan amables de dirigirse a salón por la puerta trasera para ultimar los pagos y recoger sus compras anteriores. Las bebidas están disponibles en algún lugar de la casa de entretenimiento si están de buen humor.

La voz del presentador zumba en mi cabeza.

Fui vendida. 

Los hombres se levantan de sus sillas y oigo pasos retirándose mientras salen de la habitación. Una puerta se cierra a la distancia, dejándonos a mi nueva dueña y a mí solas en la silenciosa habitación.

Quiero bajar del humillante escenario donde he estado parada. Quiero mi ropa. Pero permanezco clavada en el lugar, dándome cuenta, por primera vez que mis acciones ya no me pertenecen.

— Avanza. — Ordena.

Trago y bajo de la tarima, mis piernas pesan por permanecer en un solo lugar por tanto tiempo. Doy pasos lentos por la habitación como si estuviera acercándome a un animal peligroso. Quizá lo estoy. ¿Qué clase de mujer compra a otra mujer?

— No voy a hacerte daño. — Me alienta y doy otro paso tentativo más cerca, parándome directamente delante de su silla. — Luces. — Dice a nadie en particular y todas las luces del techo parpadean a la vez. Parpadeo muchas veces por el repentino asalto de luz, mis ojos permanecen caídos mientras luchan por adaptarse. Desorientada, continúo con la mirada baja, estudiando sus zapatos, ahora ambos descansan directamente en el suelo. — Mírame.— Dice.

Levanto la barbilla y asimilo a la mujer sentada ante mi. Traje negro, entallado y femenino. Camisa blanca almidonada, resaltando su pecho abultado.

Inhalo nuevamente, forzando otro aliento dentro de mis pulmones y finalmente miro a los ojos de la mujer pelirroja que acaba de gastar un millón de dólares para cómprame. Unos ojos hermosos, enmarcados por unas pestañas gruesas me regresan la mirada, robando el aliento de mis pulmones. Es impresionante. Poco más alta que yo, en forma y atractiva. La confusión me invade. ¿Qué está haciendo una chica como ella aquí?

Podría entrar en cualquier bar en Tailandia y conquistar a una chica con bastante facilidad. Mi estómago se retuerce con compresión. Lo único que esto puede significar es que sus gustos son tan particulares que requieren obediencia total. Querrá cosas que ninguna chica normal haría. Oh Dios, siento que voy a desmayarme. No puedo dejar que este monstruo atractivo me seduzca.

— Solo respira. — Dice, tranquilizando mis temores.

Obedezco como una buena esclava, abriendo mi boca y aspirando aire ávidamente.

— Eso es. — Dice tiernamente, su propia postura relajándose solo un poco. — ¿Cómo debo llamarte?

Esa es una manera interesante de formular una pregunta. No me preguntó mi nombre. Quizá esté asumiendo que le daré una identidad falsa. Y probablemente lo hubiera hecho si hubiese estado pensando claramente. En su lugar, susurro—: Becky. — Y tan pronto como sale de mis labios, me arrepiento momentáneamente de casi decirle mi verdadero nombre, pero luego me doy cuenta que estaré viviendo con ella por seis meses y no creo que pueda mantener una falsa identidad todo el tiempo. Ya les mentiré a mi familia y amigos sobre donde estoy. No tiene sentido hacerme esto aún más difícil.

Inclina su cabeza de lado y continúa estudiándome. — Llámame Sarocha. — dice finalmente. Me pregunto si Sarocha es su verdadero nombre o quizás parte de él.

Justo cuando empiezo a pensar que va a hacer que me quede de pie toda la noche, se levanta de su silla. Tener todo su cuerpo delante de mí es abrumador. Soy de estatura promedia, y ella por lo menos es casi cinco centímetros más alta que yo, por debajo del metro sesenta. Retrocedo un paso.

— Ven conmigo. — Se vuelve y se dirige hacia la salida, y como una mascota obediente, la sigo de cerca.

Cuando llegamos a la puerta de acero por la que entré hace unos minutos, se siente como si estuviera saliendo como una persona totalmente diferente. Sarocha se gira hacia mí antes de abrir la puerta.

— ¿Quieres mi chaqueta?

Bajo la mirada hacia mí misma, a mi braga de color azul pálido que ahora se siente infantil y a mis manos que no se han apartado de mis senos.

Asiento débilmente.

Al sacarse la chaqueta, es incluso más hermosa de lo que me di cuenta al principio. Su camisa de vestir hecha a medida se adhiere a sus delicados hombros y a su pecho abultado, se ve fuerte. Eso envía una ola de miedo por mis entrañas. Sí, es atractiva, pero también es fuerte. Lo que significa que no tendré oportunidad de defenderme si se pone demasiado ruda.

Ignorando mi inspección visual a su cuerpo, coloca la chaqueta sobre mis hombros, cerrando las solapas sobre mi pecho y abrochando el primer botón. Pensé que podría exigir verme, inspeccionarme por sí misma, pero solo parece preocupada por sacarnos rápido de aquí. Lo cual está bien por mí.

Una vez que me encuentro cubierta por la chaqueta, dejo que mis manos caigan y bajo mis brazos, mis adoloridas articulaciones se encuentran llorando por estar en la misma posición por mucho tiempo. Mis brazos cuelgan inútilmente a mis costados y la sigo hacia el vestíbulo. Tan agradecida como estoy por su chaqueta, no puedo confundir esta pizca de bondad con algo que no es. No quiere los ojos de otras personas, hombres, en algo que acaba de comprar para sí.

Pasamos a varias personas a la salida, y mantengo mis ojos en los zapatos de Sarocha mientras la sigo por el pasillo con una falsa sensación de seguridad asentándose en mí.

Ella se detiene fuera del vestidor que usé antes.

— ¿Está tu ropa ahí? — Asiento y murmuro una respuesta incomprensible.

— Vístete. — Ordena con tono suave.

Agacho mi cabeza y camino dentro del pequeño vestuario. Una vez dentro, no puedo evitar que mis ojos pasen rápidamente hacia el espejo donde me encontraba aplicando rímel hace poco tiempo. Ya puedo ver que la chica que me mira es alguien diferente. La chaqueta del traje negro me engulle, proclamándome a pertenecer a alguien que no sea yo misma.

Me la quito de los hombros, pero no antes de tomar un segundo para apreciar el fino tacto de la lana ligera como una pluma entre mis dedos, y el aroma fresco de la colonia ligera impregnando la tela. Hay algo evocador sobre la chaqueta y no puedo dejar de pensar en su verdadera intención tras vestirme en ella. Como un perro marcando su territorio con su olor.

Sacudiendo esos pensamientos, doblo cuidadosamente la chaqueta y paso a mi ropa, un par de vaqueros y una camiseta de algodón de manga larga, junto con unas bailarinas. Me siento un poco mejor una vez estoy de vuelta a mi ropa vieja. Metiendo mi bolsa de maquillaje en mi bolso, lo paso a través de mi cuerpo y volteo hacia el espejo. Tomo un último vistazo, preparándome mentalmente para enfrentarme a ella de nuevo, y decir un adiós silencioso a la chica de pie delante de mí.

Me detengo en la puerta, mi mano apoyada en el pomo. Es ahora o nunca. Puedo ir y encontrar a Billy, rogar que me dejen salir de este contrato, y hacer frente a las consecuencias, o puedo salir de esta sala, y aceptar lo que tengo que hacer. De cualquier manera, sé que mi vida cambiará.

Enderezando mi columna y robando un aliento ansioso en mis pulmones, empujo la puerta.

Me encuentro con Sarocha en la sala donde se halla de pie esperando por mí con una expresión aburrida.

Siento sus ojos examinar rápidamente mi nuevo conjunto y, de repente, me siento mal vestida al lado de esta chica hermosa, millonaria y poderosa con su traje caro y zapatos brillantes.

Toma la chaqueta de mí y comienza a caminar hacia la salida sin decir una palabra. Se supone que debo seguirla, así que lo hago. Una vez en el estacionamiento detrás del edificio, escaneo los pocos coches que quedan en el solar, tratando de memorizar sus matrículas por si acaso resulta ser una psicópata, al menos tendré alguna pieza de información con la que ir a la policía, ya que estoy bastante segura de que su nombre real no es Sarocha.

La moto en la cual se detiene al costado es inesperada y causa una pequeña ondulación de miedo en cascada a través de mí.

Sarocha pone su chaqueta en el compartimiento debajo del asiento y saca un casco extra para mí.

Su pulgar suaviza lejos la línea de preocupación grabada sobre mi frente.

— Estarás a salvo. — Dice, y coloca el casco en mi cabeza.

El peso del casco contra mi cuero cabelludo es extraño. Ésta será mi primera vez en una moto. Al parecer, estoy en un montón de novedades esta noche.

Después de asegurar su propio casco, se sube en la moto y tiende la mano para ayudarme. El calor de su delicada mano contra la mía me sobresalta. Trago una ola de nervios, luego balanceo una pierna sobre el asiento y me coloco detrás de ella. El ángulo del asiento estrecho hace que me deslice hacia adelante hasta que mi pecho se presiona contra su espalda. No hay espacio para nada más que un cercano contacto entre nosotros. La intimidad es inquietante.

Me pregunto brevemente si lo planeó de esta manera, traer su moto en lugar de un coche para mostrarme justo desde el principio que no tengo control y acostumbrarme a estrechar el contacto físico. Porque sin duda, una persona capaz de gastar un millón de dólares posee un coche, si no varios. Algo en su naturaleza tranquila y seria me dice que todo lo que hace es deliberado y mi mente está catalogando todas estas cosas para unir las piezas del rompecabezas de la chica a quien pertenezco ahora.

Enciende la moto y mis brazos vuelan alrededor de su cintura. Siento su pecho retumbar y estoy bastante segura de que acaba de reírse de mi respuesta. Cogemos velocidad a medida que toma la rampa de la autopista y el aire frío de la noche corriendo por delante de mi cara enfría el calor que permanece entre los dos cuerpos.

Aprieto mis ojos cerrados en un intento de escapar de la sensación de pánico creciendo en mi pecho, pero lo único que hace es marearme y los abro una vez más. Acelera y me aferro a ella desesperadamente, uniendo mis dedos delante de su abdomen.

Mientras estoy rezando que no tengamos un largo viaje en esta moto, comienza a reducir la velocidad y levanto la mirada para ver que estamos en una unidad de servicio en el medio de un campo oscuro. Mis sentidos están en alerta máxima ya que me pregunto lo que estamos haciendo aquí en el medio de la nada. Nunca imaginé que volaríamos a alguna parte, así que cuando nos detenemos junto a un pequeño jet privado estacionado en una pista de aterrizaje abandonada, ácido amargo quema su camino hasta mi garganta.

Pánico pasa volando por mis venas ante la idea de dejar todo lo que sé detrás. Incluso mi código postal, que en realidad nunca significó mucho para mí, de repente se siente como algo que me define, está siendo arrancado.

Con no más que una bolsa de equipaje de mano, la sigo hasta el estrecho conjunto de escaleras que llevan dentro del avión. Es un pequeño avión privado con un interior sofisticado y elegante. Un grupo de cuatro sillas de cuero tipo capitán se encuentran a un lado del centro y Sarocha se desliza en una cerca de la ventana. Insegura de dónde sentarme, me siento en la silla frente a ella. El cuero es acogedor y suave bajo mis dedos y me relajo un poco en el asiento, contemplando mi entorno. La noche ha caído rápidamente y está casi completamente oscuro afuera. El interior del avión está iluminado por pequeñas luces LED que bordean el camino en la alfombra, emitiendo un débil resplandor. Sarocha levanta una jarra de cristal de una mesa cercana y vierte un poco de licor ámbar en un vaso de cristal, luego toma un largo sorbo. Lame su labio inferior completo y cierra los ojos, apoyando su cabeza contra el asiento de cuero de lujo.

No hay anuncio arriba, ni demostración de seguridad, ni ninguna advertencia. De repente, todos los motores del jet rugen a la vida y salimos disparados hacia la pista de aterrizaje. Busco a tientas la hebilla de mi cinturón de seguridad, enganchándolo mientras tomamos el vuelo. Puedo sentir los ojos de Sarocha en mí, mirándome con curiosidad, pero no me atrevo a levantar la mirada.

Cuando finalmente alzo la vista, Sarocha sirve una copa de alcohol y la sostiene hacia mí.

— Podría ayudar.

No soy mucho de beber, y sobre todo directamente licor, pero sé que tiene razón. No tengo idea de lo que ha planeado para mí, y esta será probablemente la única oportunidad que tengo para manejar el dolor si voy a perder mi virginidad después.

Parece tan tranquila y en control, me pregunto qué podría estar oculto bajo la superficie de ese porte sereno y traje caro. Un cálido escalofrío corre a través de mí y tomo un largo sorbo de la bebida, acogiendo el camino ardiente que el licor crea en mi garganta.

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